San Pío de Pietrelcina
El 16 de Junio de 2002, en la ceremonia de canonización más multitudinaria de la historia, la Iglesia nos mostró un nuevo ejemplo de vida cristiana: San Pío de Pietrelcina.
Fue hijo de unos pobres agricultores italianos, con cuyo sacrificio pudo estudiar y llegar a ser sacerdote capuchino. Dios quiso hacerse presente a través de él mediante numerosos hechos sobrenaturales. A Juan Pablo II, que fue a visitarlo siendo aún obispo de Cracovia, le predijo que sería Papa, y oró por una conocida suya que tenía cáncer en el cuello, obteniendo su curación.
Los milagros de San Pío, como todos, tienen la función primordial de acercarnos a Cristo. A través de él, Dios obró muchas curaciones. Sin embargo, también hubo muchas personas a las que no curó sus dolencias físicas, pero sí curó el alma, dándoles fuerzas para unirse a Cristo en su sacrificio redentor. Y el conocimiento del poder de Dios no le desvió de la acción material: en la alejada comarca donde vivía, con limosnas de los peregrinos y ayuda de varios fieles, fundó la “Casa del Alivio del Sufrimiento”, hospital donde no se cobra a los pobres y en el que se atiende al enfermo en lo corporal y lo espiritual.
Pero, además de hechos sobrenaturales más discretos, no faltaron otros realmente impresionantes, y como muestra, un botón: Durante la Segunda Guerra Mundial, no cayó una sola bomba sobre el pueblo de San Giovanni Rotondo, donde se encontraba el monasterio de los capuchinos. Pues bien, después de la guerra, la localidad recibió visitas de aviadores de diversas nacionalidades impresionados porque, al sobrevolar la villa, habían visto en el aire un fraile con hábito haciéndoles señas para que no tiraran bombas. Cuando conocían al Padre Pío, todos afirmaban que aquél era el fraile barbudo al que habían visto.
Sin embargo, el hecho más excepcional de la vida del Padre Pío fue recibir en sus manos, pies y costado los estigmas de Cristo. El Padre Pío de Pietrelcina es el primer sacerdote estigmatizado de la historia. En estos tiempos, nos muestra la identificación total del sacerdote con Cristo en su sufrimiento, en su soledad, y en la repetición del sacrificio de Cristo que es la Santa Misa.
Otros hechos excepcionales que se dieron con enorme frecuencia en su vida estaban relacionados con el sacramento de la Penitencia. San Pío dedicó todos sus esfuerzos a confesar de forma incansable, y a menudo mostraba una clarividencia sobrenatural recordando al penitente pecados que escondía, para que hiciera una buena confesión. Si numerosas fueron las curaciones, las conversiones fueron muchas más, incluyendo a varios enemigos recalcitrantes de la Iglesia. Si alguien le decía que no creía en Dios, él replicaba: “Pero, hijo mío, Dios sí cree en ti...”
Por otra parte, la acción de apostolado de San Pío de Pietrelcina se dirigió hacia la creación de grupos de oración en las parroquias, que se extendieron rápidamente por toda Italia y el mundo entero.
La obediencia del padre Pío fue un testimonio incontestable de fe en la Iglesia y fidelidad a sus superiores, en cuyos mandatos asumía la voluntad de Dios; y eso, pese a las durísimas incomprensiones que sufrió en varias etapas de su vida.
San Pío de Pietrelcina puede ser un mensaje de Dios sobre la importancia actual del sacerdocio. Necesitamos sacerdotes que, por medio de los sacramentos, el apostolado y su propio sacrificio vital, hagan presente a Cristo en medio de nosotros, porque sin Él no podemos hacer nada. Eso es un sacerdote: “una víctima inmolada en holocausto al Padre Eterno por amor a los hombres”. No hay misión mayor ni más importante en el mundo.
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