El papel de la Ética en una sociedad plural
En un conocido artículo publicado en El País, la filósofa Adela Cortina abordaba el mismo problema hace unos años, aportando una interesante solución: la "Ética de Mínimos", base ideológica de la asignatura "Educación para la Ciudadanía" y apoyo de diversas decisiones legislativas como la Ley de Investigación Biomédica. Pero existe al menos otra opción, y pienso que es mejor.
Es un hecho que, a diferencia de nuestros antepasados, vivimos en una sociedad plural. En la sociedad medieval o del Renacimiento, existía una práctica unanimidad en cuanto a las soluciones éticamente aceptables para la mayoría de los problemas humanos. Se oyen actualmente algunas interpretaciones según las cuales lo que ocurría en esas sociedades era que una parte de dirigentes católicos, o incluso eclesiásticos, imponían su moral al pueblo. No es cierto. Lo que de verdad ocurría era que el pueblo, que era creyente en su práctica totalidad, tenía un sentido unánime de las soluciones moralmente aceptables y las que no lo eran. Y en caso de duda, o de aparición de nuevos problemas, ese mismo pueblo aceptaba el discernimiento de la autoridad eclesiástica en cuanto a las posibles soluciones.
Se aceptaba, como siempre ha ocurrido, desde Aristóteles a Tomás de Aquino, pasando por Cicerón y Séneca, una ética más o menos acertada, más o menos correcta, pero cuyo fundamento era la razón, aplicada a las realidades percibidas (del ser humano, de la sociedad, de su entorno). Como todo pensamiento humano, esa búsqueda de soluciones éticas estaba sujeta a posibles errores: la subjetividad en cuanto a la valoración de la realidad (del sentido de la vida del hombre, de las relaciones de los hombres entre sí, con su entorno y con Dios), y el posible error en la aplicación de la razón. Pero ése era el fundamento para valorar éticamente las posibles soluciones a los problemas de la existencia: la observación de la realidad y la razón.
En la era de la cristiandad, esta aplicación de la razón a las realidades para buscar soluciones éticamente aceptables incorpora un elemento nuevo: la Revelación de Jesucristo. Dicha Revelación ilumina la percepción de la realidad de las cosas, e ilumina la aplicación de la razón para buscar soluciones (otros pensarán que la enturbia, pero no pretendo ahora discutir esto). La Revelación, en esa época, es casi unánimemente aceptada y es más, se acepta a la Iglesia como autoridad en la interpretación de dicha Revelación. Esa es la base de la unanimidad en cuanto a la valoración ética de las soluciones a los problemas humanos que caracterizó a los períodos de cristiandad.
Esa es la base, decíamos, y no el sistema político. Fundamentar la unanimidad de los períodos de cristiandad en la imposición de un sistema político es un sesgo ideológico que nos impide analizar correctamente los hechos presentes y sus verdaderas causas. De hecho, sería plenamente posible una democracia en una sociedad de cristiandad, cuyos representantes, libremente elegidos, siguieran fielmente la moral cristiana. Por el contrario, también es posible que un tirano imponga soluciones manifiestamente no cristianas a una sociedad prácticamente judeo-cristiana en su totalidad, como ocurrió en Polonia, sin ir más lejos.
Otro sesgo es pensar que, en la época de cristiandad, la interpretación de la Revelación sustituyó a la percepción de la realidad y a la aplicación de la razón para la búsqueda de soluciones a los problemas humanos. No fue así. La interpretación de la Revelación se utilizaba para iluminar, para apoyar a la razón, pero no la eliminaba ni la violentaba. Al menos, toda solución, incluso las más fundamentadas en la Revelación, debían ser humanamente razonadas y razonables. No existe nada en el Magisterio de la Iglesia Católica de ningún tiempo que pretenda excluir a la razón. Sí hay, por supuesto, decisiones de autoridades eclesiales que no pertenecen al Magisterio, no rectamente justificadas, y muchas veces erróneas.
Actualmente, decíamos al principio, existe un gran pluralismo en cuanto a las soluciones aportadas para los problemas humanos. En primer lugar, hay que decir que el pluralismo no implica un relativismo ético. En realidad, analizando las diversas posturas en profundidad, observamos que casi nadie hoy acepta el relativismo ético, según el cual, lo que para uno puede estar mal, para otros puede estar bien. Hay, por ejemplo, quienes defienden el aborto, pero no aceptarían que alguien defendiera, por ejemplo, que esté bien quemar un bosque para obtener madera, o emprender una guerra para mantener los precios del petróleo. Que haya diversos grupos apoyando distintas soluciones a los problemas del hombre no implica que exista un relativismo ético –aunque a veces se invoque el relativismo ético cuando conviene a intereses particulares-.
Por tanto, un verdadero común denominador de la mayoría de las personas, hoy en día, es que reconocemos que hay soluciones que objetivamente están bien y soluciones que objetivamente están mal, aunque no nos pongamos de acuerdo en cuáles.
Sin embargo, queremos convivir en armonía, y hemos elegido como mejor forma política una sociedad democrática. Esa falta de acuerdo amenaza dramáticamente las bases de la convivencia. Hemos de encontrar formas de acuerdo si queremos construir una civilización amigable y positiva.
En la búsqueda de ese acuerdo, algunos proponen un consenso de mínimos éticos, aceptados por todos. Se postula a continuación que todos los planteamientos serían respetables, mientras estén de acuerdo con los mínimos éticos que la mayoría compartimos.
Este planteamiento puede parecer inofensivo, pero conllevaría un enorme cambio en los fundamentos de la toma de decisiones para afrontar los problemas humanos: pasaríamos de fundamentarlos en la razón aplicada a la realidad, para ahora fundamentarlos en el consenso de distintas opciones. El tema es grave, porque restar protagonismo a la razón y a la realidad deja la decisión completamente en manos de las pasiones humanas, y abriría paso a aventuras ideológicas no contrastadas con la realidad del hombre, de la sociedad y de su entorno, cuyas consecuencias acabarían dañando al propio hombre.
Hay otra opción, que a continuación planteo. Creo que es necesario mantener la primacía de la razón y de la observación de la realidad, por encima del consenso. Cualquier opción que sea respetuosa es a su vez respetable, pero no todas son igualmente valiosas. Son valiosas, y tienen probabilidad de ser beneficiosas para las personas, sólo en la medida que estén suficientemente justificadas sobre la realidad y razonablemente argumentadas.
Pensemos, por ejemplo, en el problema que se plantea ante cualquier dilema ético: el aborto, la participación en una guerra, el uso de un tipo de energía barato pero arriesgado... La frase: “tú piensas así, pero yo pienso de otra manera, y ambas cosas son aceptables”, no aporta nada constructivo para nuestra sociedad, si de verdad queremos edificar una civilizabión amigable y beneficiosa para las personas. Es mucho más constructivo el debate de observaciones y razonamientos: “yo creo que estás equivocado por tal motivo, y yo en cambio pienso de esta otra forma por tal otro motivo”. Esto es lo que parece verdaderamente humano y socialmente constructivo, esto es lo que verdaderamente edifica una civilización, la búsqueda conjunta y respetuosa de la verdad, no un consenso sobre posiciones aisladas y no razonadas. Si queremos convivir, debemos exigirnos mutuamente y autoexigirnos el razonamiento, fundamentado sobre la observación de la realidad.
Pero... ¿quién decide quién tiene razón? Ciertamente, nadie puede hacerlo. Necesariamente, en la democracia que mayoritariamente aceptamos, debe ser el Gobierno y el Parlamento elegido popularmente quien decida no ya quién tiene razón, sino qué es lo que se hace. Pero sus decisiones deben ser tomadas en el marco de un debate que, sobre la realidad y aplicando la razón, busque soluciones a los problemas que nos surgen. El pluralismo y la tolerancia jamás deben sustituir el debate por el consenso. El Gobierno debe aceptar el sometimiento a la razón, o caeremos en una democracia tan absolutista como las viejas monarquías o como las tiranías del siglo XX. Hemos demonizado tanto las tiranías del siglo XX, que nos creemos a salvo de su influjo y no nos damos cuenta de que somos sus herederos; parecemos ignorar que, en el fondo, nacieron de las mismas raíces que estamos aceptando en nuestra sociedad actual: la sustitución de la moral objetiva por la conveniencia subjetiva.
Por otra parte, algunos –pocos- argumentan contra el sistema democrático que la razón no se decide por mayoría. Es cierto que la razón no se decide por mayoría, pero tampoco se decide por la opción de un hombre solo, sea monarca o presidente. La mayoría democrática es un sistema como otro, probablemente mucho más justo que ningún otro, de elegir responsables para tomar decisiones que necesitan ser tomadas, no de decidir quién tiene razón. Esto plantearía otras consideraciones sobre cómo debe funcionar un sistema democrático, pero no son objeto de esta exposición.
Por tanto, es necesario que una sociedad democrática, para construir una civilización beneficiosa para las personas buscando el bien común, avance en los mecanismos de un verdadero debate de ideas, y de la independencia del poder político sobre intereses grupales, de un signo o de otro, que exigen que su solución sea adoptada por la fuerza de la presión política y mediática, a menudo prescindiendo de contrastar argumentos con los que defienden otras opciones.
Lamentablemente, la propiciación de la búsqueda de soluciones mediante una auténtica confrontación de argumentos éticos no es la tendencia de la democracia española, que carece de un verdadero debate de ideas y abunda en un lamentable muestrario de pasiones, favorecido por los medios de comunicación y, ahora, también por el peligro filosófico de pretender sustituir la búsqueda de lo mejor por el consenso de posturas en torno a mínimos. En el fondo, con esto último, se estaría sustituyendo la razón por la conveniencia, cayendo, de una nueva forma, en el error de los totalitarismos ideológicos del siglo XX. Y no creamos que la democracia nos salva de cometer terribles injusticias. La democracia es un método más justo de tomar decisiones, pero no garantiza que éstas sean correctas ni justas, como la experiencia demuestra.
En Medicina, por ejemplo, es un gran avance que las recomendaciones de consenso (los antiguos "protocolos diagnóstico-terapéuticos") se estén sustituyendo por recomendaciones basadas en la búsqueda e interpretación de pruebas científicas ("guías diagnóstico-terapéuticas basadas en la evidencia"). Sería muy negativo que en la solución de otros problemas humanos siguiéramos el sentido inverso, abandonando la búsqueda y el debate por el consenso.
En definitiva, muchas soluciones son respetables, pero sólo son valiosas para la construcción de la sociedad, en la medida en que se apoyen en la argumentación que parte de la realidad. Por esa vía -pienso- construiremos una civilización que merezca la pena. Como católico, me comprometo encantado a intentar avanzar por ese apasionante camino. La democracia debe sustentarse en un auténtico y constante debate público de observaciones y razonamientos.
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Emilio Alegre
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