Viaje a la Isla de la Verdad
Querido amigo :
Te escribo tan pronto tengo ocasión, ansioso por hacerte partícipe de mi experiencia en este extraño viaje. Hoy, 17 de Marzo de 1999, tocamos puerto en Melilla, de vuelta de la Isla de la Verdad. Resulta increíble que un grupo formado en un café metropolitano, con el único interés de organizar tertulias literarias, fuera capaz de plantearse y llevar a cabo esta atrevida empresa.
Ya te conté que fueron los escritos del poeta y aventurero Santiago Auserón los que nos llevaron a emprenderla. Al comentar su obra, nos confesamos unos a otros que tomábamos éstos por cosa cierta, es decir, no como simples versos de un magnífico autor romántico, sino como testimonio póstumo de su verdadero amor por aquella sirena. Por tanto, confirmadas nuestras hasta entonces inconfesables creencias por la coincidencia con los demás, decidimos reunir una suma de dinero y preparar el viaje a la isla. Nuestros objetivos eran dos, compartidos en mayor o menor medida por cada uno de los participantes: primero, encontrar a la sirena para comunicarle el desgraciado fallecimiento de Santiago y entregarle su postrera obra poética, íntegramente dedicada a ella. Segundo, tomar fotografías de la sirena que pudieran servir de prueba ante el mundo de su existencia y como desagravio a la memoria del poeta, acallando a los incrédulos que, a cientos, le habían tachado despreciativamente de loco.
No te aburriré con los detalles de nuestra preparación, de lo difícil que fue pertrechar la embarcación que había de llevarnos allí, ni siquiera con los avatares del viaje que fue, como esperábamos, bastante agitado. Ni vientos ni gruesas olas nos detuvieron. Sin embargo, el pánico se apoderó de nosotros cuando, cerca ya de nuestro destino, se puso el sol en la decimoséptima jornada de nuestro viaje, para dar paso a una profundísima noche, en la que un cielo descubierto, pero desprovisto absolutamente de luna, estrellas o brillo alguno más que el de la propia negrura, nos hizo sentirnos ínfimos y tomar conciencia del lugar al que nos acercábamos.
Muchos quisieron volver. Pero el juramento que todos habíamos hecho nos permitía obligarnos unos a otros, en el previsible caso de que el miedo se apoderara de algunos de nuestros corazones. Hicimos descender al camarote a los que se retorcían, presas del pánico, y, tres días más tarde, en la alborada del día vigésimo, divisamos la Isla.
Por respeto, sólo dos personas nos acercamos a la gruta donde moraba la sirena. Entre las innumerables bóvedas rocosas que jalonaban la costa, no tuvimos problema alguno en distinguir una de enorme apertura, semejante a una gótica ojiva parcialmente inundada por el mar; y recordamos los versos del poeta :
“... una sirena en la gruta mayor
guarda el secreto de mi amor.”
Con ánimo sereno, ciamos a través del pórtico, favorecidos por la tranquilidad de las aguas. Aunque el canal se angostaba y eso habría podido minar nuestro empeño, la verdadera prueba había consistido en la profunda noche antes mencionada, y atravesarla nos había infundido todo el valor y serenidad necesarios.
Por más que buscamos, no hallamos a la sirena. Ciertamente, aquella era una búsqueda inútil que efectuamos sin convicción, ya que reinaba en el ambiente una tremenda soledad que era claramente la ausencia de una persona. Esta soledad nos señalaba que tanto la sirena como sus hermanas habían abandonado la gruta para adentrarse de nuevo en las profundidades del océano. Cuando volvimos allí, esta vez con todo el grupo, pudimos contemplar la famosa delicadeza de estos seres por el estado en que habían dejado la gruta. En todas las estancias se podía sentir su pasada función. Hallamos los muebles transformados en estalactitas y estalagmitas, y los utensilios, en formaciones caprichosas de algas y coral. Estas formaciones minerales, vegetales y animales habían cumplido una función evidente, pero fue inútil fotografiarlas, ya que no sacarán de su error a ningún espíritu incrédulo, antes servirán como objeto de redoblada mofa.
Pero, créeme, tan fuerte era la sensación de ausencia, de hogar vacío, que ninguno de nosotros nos sentimos defraudados, ni dimos crédito a la posibilidad de que aquello que contemplábamos fuese una mera gruta siempre deshabitada. Apelo a tu sincera amistad y tu certero conocimiento de mi persona para que tengas por cierto lo que te estoy contando.
Por la tristeza pacífica que inundaba sobre todo uno de los dormitorios, tomamos conciencia de que la sirena amada por Santiago, de una forma u otra, había sabido de su fallecimiento y conocido su obra poética. Intuímos que, también por una desconocida razón, esa era la causa de que hubiera vuelto con sus hermanas a las profundidades del mar.
Sin embargo, a nuestros corazones les aguardaba aún la más dura de las pruebas. Absortos como estábamos en la contemplación de estas tristes y bellas estancias, no nos dimos cuenta de que la pleamar inundaba la cueva, y que el último tramo de la apertura había sido ya anegado. Esta vez el pánico se apoderó de todos nosotros sin excepción, y cada uno reaccionó de forma distinta. Si hubiéramos tenido, al menos algunos, la entereza suficiente, podríamos haber impedido que otros intentaran bucear desesperadamente hacia la salida, decisión que les llevó a la muerte. A varios pudimos convencerles de que no lo hicieran, pero no con razones de las que entonces carecíamos, sino con nuestra mera exhortación y el ejemplo de mantenernos agrupados en el pequeño espacio que quedaba aún por inundar.
Poco a poco, el pánico fue desapareciendo y recordamos, más o menos progresivamente y casi al unísono, que Santiago había permanecido en la gruta noches enteras en compañía de su amada sirena, pensamiento con el cual empezaron a desvanecerse nuestros temores. En efecto, tal vez por la ausencia de salida alguna hacia el exterior, el aire embolsado impidió que el agua llegara siquiera a cubrir nuestros pies, a pesar de que el techo de la estancia se hallaba, con toda seguridad, por debajo del nivel de la pleamar.
El resto, la búsqueda infructuosa de aquellos que se habían arrojado al agua en dirección a la salida y el apacible viaje de vuelta carecen de relevancia. Durante la travesía comentamos profusamente entre nosotros lo que habíamos experimentado, lo que nos enriqueció mutuamente y nos ayudó a asimilarlo. También las poesías y la música, compuestas durante la travesía por algunos de nosotros, lograban acercarnos y sentir profundamente en nuestro corazón la ausente presencia de la sirena.
Aunque podría añadir muchos más detalles a esta carta, no creo que su mera exposición por escrito ayudase a tu entendimiento, pues serían un reflejo demasiado pobre de la verdad. Por ahora, y en la ansiosa espera de nuestro próximo encuentro, sólo me queda compartir contigo unos pequeños versos que compuse a la salida de la gruta; ojalá ellos puedan ayudarte a comprender:
Tras la noche profunda
apareció la Isla
cumpliendo la promesa
de nuestro corazón.
Una ausente presencia
reveló la belleza
donde todas las cosas
se agitan a su son.
Este es mi testimonio, querido amigo. Anhelo volver a encontrarme contigo para relatarte mi viaje más detenidamente y poder extirpar de tu ánimo la incredulidad. Mientras tanto, te deseo todo lo mejor. Un abrazo de tu amigo.
Longinos
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