Memoria de una fuga

No quiero concluir mi testamento, hijo mío, sin dejarte escrito el episodio más importante de mi vida. Cuando lo leas, según las instrucciones que he dejado a mi albacea, tendrás ya catorce años y uso de razón. Guarda siempre esta historia en tu corazón y en tu mente porque, aunque corta, es la verdadera historia de tu padre y la enseñanza que quiere dejarte.

Sabrás que, en el año 1934, caí prisionero de los turcos en un acto de espionaje para nuestro gobierno. Moribundo tras los acostumbrados interrogatorios, me condujeron a la prisión de Muza, confiados, seguramente, en que no tardaría en morir en uno de sus calabozos. No fue así y, tras varios meses de convalecencia, logré reponerme. Pero me hallaba estupefacto, aletargado, no sabía qué era aquello. Cada día, cuando venían a traerme una bazofia para que comiera, me sobresaltaba pensando en que venían a sacarme de allí para fusilarme. No sé por qué me daba tanto miedo aquello, ya que mi vida allí me parecía totalmente indigna de ese nombre.

Llevaba ya dos años en aquel calabozo, incomunicado, cuando un sueño me despertó de mi letargo: yo estaba en una trinchera, agazapado, y el enemigo se acercaba de frente. Yo sabía que eran muchos, y debía asomarme para dispararles e impedir su avance, pero no podía. Cada vez que me asomaba para apuntar, un potentísimo sol de cara me deslumbraba, y apenas adivinaba aquellas extrañas figuras que se me acercaban, cada vez más grandes, cada vez más cerca. Enseguida, comenzaban a disparar contra mí, y tenía que volver a agacharme, sin que me diera tiempo a acostumbrar mi vista lo suficiente para acertarles y detener su avance. Ya estaban llegando, ya podía oír sus voces, iban a lanzarme una granada... Me desperté. Un rayo de sol me estaba dando directamente en la cara. Era tarde, seguramente cerca de las doce. Hacia calor.

Empecé a reflexionar sobre los rayos de sol que, a partir del mediodía, siempre atravesaban aquel ventanuco, tan diáfano y tan lejano; unas veces, bajaban casi verticales, llegando al suelo. Más tarde, entrarían prácticamente en dirección horizontal, cuando el sol se estuviera ocultando. De hecho, muchos días me había entretenido observando los colores que el atardecer proyectaba sobre las piedras de aquella celda, y comparándolos con las tonalidades que guardaba en la memoria de días anteriores. Me sorprendía comprobar que el hecho más seguro, la puesta del sol, era también lo único no rutinario, lo único realmente vivo y cambiante que acompañaba mis días allí.

Escuché entonces el trino de los pájaros. Me hacía sentir que el calabozo estaba bajo, casi a ras de suelo. Además, en varias ocasiones, había escuchado un coche que pasaba. No, no estaba alto. Y, a juzgar por la luz del sol, era totalmente exterior. Entonces... ¡se podía escapar por la ventana! Pero claro, era imposible. ¿Cómo trepar hasta allí, hasta más de seis metros de altura?

Era imposible para mí, pero no lo habría sido para un alpinista experimentado. Las rocas tenían resquicios, grietas; sus uniones no eran perfectas, pero... No, era una ilusión vana. Mis captores ni siquiera se habían molestado en enrejar aquella ventana, porque era imposible llegar hasta allí. Me estaría engañando. Día tras día, pensaba: “Hoy comenzaré a entrenarme para trepar”. Y, día tras día, permanecía sentado en el suelo, mirando hacia la ventana. A veces me incorporaba, palpaba la piedra, encajaba uno de mis pies en un saliente. Me asía a otros con los extremos de los dedos, hacía un pequeño esfuerzo, me aupaba... pero entonces, el desánimo me inundaba y me dejaba resbalar, hasta sentarme de nuevo en el suelo.

Me atormentaba la idea de escapar. Lamenté, desesperado, haberla tenido. Intenté borrarla de mi mente, resignarme, prohibiéndome a mí mismo mirar hacia arriba durante días enteros. Pero la ventana seguía allí, aunque yo no la mirara; enorme, diáfana, inaccesible. Aunque mirase hacia abajo, veía la luz del sol sobre el suelo, recordándome cruelmente su presencia. Habría dado lo que fuera por una mazmorra cerrada y oscura. Día tras día, permanecía allí tirado, animalizado, con ilusiones de hombre y voluntad de gusano. Cada vez que me asaltaba la idea de levantarme, pensaba: “¿para qué?”. “¿Para qué..? ¿Para qué...?”

Pero entonces, otra idea comenzó a darme la libertad. Empecé a entender, profundamente, por qué esa ventana no tenía barrotes. Y es que los barrotes estaban en mi voluntad anulada, fruto del trato inhumano al que estaba sometido. Ellos lo sabían, sabían que no intentaría escapar, que me quedaría allí, pegado al suelo, mirando hacia arriba. Y que luego me deprimiría y me dejaría morir buscando la oscuridad del más lóbrego de los rincones de mi celda. Era su juego, el de los carceleros, era la vida que proyectaban para mí. Pero no eran ni mi juego, ni mi vida. Yo era un hombre libre, y la ausencia de barrotes en aquella enorme ventana era una ofensa a mi voluntad: se estaban riendo de mí.

Aquello me dio el vigor necesario, y empecé a entrenarme, día tras día, para escalar aquella pared. Era muy difícil, y muchas mañanas el desánimo empezaba de nuevo a asaltarme. Pero, cada vez que yacía pegado al suelo, pensaba que eso era, precisamente, lo que mis carceleros querían. Los imaginaba riéndose de mí. “¡Sólo por eso –pensaba-, sólo por eso, voy a subir! ¡Aunque no llegue nunca, sólo por eso, voy a subir!”

Y así, hijo mío, fue como tu padre comenzó a subir, hacia la luz. Así fue cómo empezó a ser libre.

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Longinos