El Rey de los Ruiseñores
Cuentan que, hace muchos años, en un remoto país, existía una aldea llamada Armonía. Se encontraba en el centro de un hermoso valle entre montañas, frío en invierno pero de clima apacible a partir de la primavera. Sus habitantes vivían, principalmente, de la agricultura y el pastoreo, aunque algunos de ellos también buscaban su sustento por medio de la pesca, en un hermoso lago que no distaba más de dos kilómetros del pueblo.
Pero la singularidad de Armonía estribaba en una particular ocupación a la que, desde hacía siglos y siglos, venían dedicándose sus habitantes. En Armonía no había hombre, mujer o chiquillo que no participase, de una u otra forma, en la talla de flautas ruiseñor. Dicen que el sonido de aquellas flautas no se asemejaba al de ninguna otra, ni podía comparársele el de ningún otro instrumento de viento, por muy bien fabricado que estuviera. En las frías noches de invierno, podía oírse el suave sonido de docenas de flautas de armoniosos trinos, componiendo verdaderas sinfonías que inundaban el valle, ya que las familias aprovechaban aquellos momentos de recogimiento para hacer sonar sus melodías, reunidas al calor del hogar.
La forma de tallar la madera para hacer las flautas ruiseñor seguía una minuciosa técnica, un verdadero ritual transmitido de generación en generación. Cuenta la leyenda que, hacía cientos, tal vez miles de años, un viejo tallador se encontraba sentado junto al lago, tallando la que quería que fuese la última y mejor flauta de su vida, para dejársela en herencia a su nietecito, que acababa de nacer. El anciano estaba enfermo, y sabía que, seguramente, no iba a poder verlo crecer; por eso quería dejarle un testimonio de su cariño.
Pasó toda la tarde tallando junto al lago, deleitándose con el aroma de las primeras flores de primavera. Tan absorto estaba en su trabajo, que se le hizo de noche sin darse cuenta. Como era peligroso aventurarse, ya sin apenas luz, por aquellas tierras pantanosas para volver a casa, decidió permanecer allí sentado, para acabar su flauta a la luz de la luna llena.
El fresco de la mañana le despertó. Sintió un escalofrío. Tiritaba. Se había quedado dormido, pero entre sus manos podía ver ahora, con la luz del sol naciente, la flauta más preciosa que había hecho en su vida. Había pasado toda la noche tallándola, tan sólo vislumbrando sus formas al reflejo de la luna, guiando por el tacto su navaja de tallar. Ahora la veía completa, y le gustaba. ¿Sonaría bien?
En ese momento, un bellísimo ruiseñor se posó en un matorral, frente a él, y empezó a cantar. Su canto era el más hermoso que había escuchado nunca. No podía ser otro que “el rey de los ruiseñores del lago” que, según la tradición, se aparecía a los que iban a morir para confortarles con su canto. En efecto, al escucharlo, fue sintiendo una oleada cálida y agradable que le inundaba todo el cuerpo, haciendo desaparecer el frío. Entonces, trató de acompañar con su flauta la melodía del ruiseñor, y pudo sentir cómo los trinos del pajarillo penetraban profundamente en la madera, haciéndola resonar y consiguiendo que su sonido se asemejara en todo al suyo propio, al canto del rey de los ruiseñores del lago.
Aquel mismo día, cayendo ya la tarde, un grupo de personas que había salido en su busca encontró al anciano muerto, con la espalda recostada sobre un viejo roble y la flauta entre las manos. En ella había grabado, con su navaja, el nombre de su nieto: Rubén.
Rubén creció, y dicen que fue el mayor virtuoso de la flauta ruiseñor que haya existido jamás. Cuentan que las melodías que obtenía de aquella flauta eran tan majestuosas, que las aves de paso se desviaban de sus rutas migratorias para volar sobre Armonía y poder escucharlas. A las doce del mediodía, cuando acostumbraba salir a la puerta de su casa a tocar, todos los habitantes de Armonía, y hasta las bestias del campo, las alimañas y las fieras del bosque, se quedaban mudos, atentos a sus trinos. Los chopos aventaban con su suave vaivén los compases de la melodía, y las flores exhalaban sus más fragantes aromas. Los hombres de corazón más duro, lloraban como niños.
Los talladores de aquella época pusieron todo su empeño en fabricar flautas idénticas a aquélla; lo intentaron una y otra vez, mas no conseguían hacerlas sonar bien. Por fin, uno de ellos acudió a casa de Rubén con su mejor réplica, y le pidió que tocara con él, a dúo, para observar con más detalle en qué fallaba aquella flauta, fabricada con tanto tesón y esmero, pero que parecía negarse a sonar. Al instante, en cuanto comenzaron a tocar, comprobó que -igual que le había ocurrido al viejo tallador con el rey de los ruiseñores-, el trino de su flauta se acompasaba y resonaba con el de la flauta de Rubén, transformándose y asimilando el verdadero timbre del rey de los ruiseñores. De esta forma, el misterio de las flautas ruiseñor pudo perpetuarse mediante este proceso, este ritual que los talladores de flautas de Armonía se transmitieron de generación en generación.
Nadie, ni con modernas técnicas de tallado, ni utilizando maderas nobilísimas, fue capaz nunca de fabricar, por sí mismo, flautas como aquéllas. Algunos industriales llegados de la capital, intentaron comercializar flautas de caoba, de bronce, incluso de oro. Ninguna consiguió siquiera asemejarse un poco al trino del rey de los ruiseñores del lago. Sólo las flautas de roble, talladas con el amor, el esmero y la dedicación que los habitantes de Armonía habían transmitido a lo largo de los siglos, pero, sobre todo, atimbradas a dúo con otra flauta ruiseñor –que, a su vez, fue atimbrada por otra, y ésta por otra... hasta remontarse al rey de los ruiseñores del lago-, consiguieron reproducir aquel canto hermosísimo, que conmovía a la misma Naturaleza.
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Longinos
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Comentario
Este relato lo escribí para expresar en forma de cuento la tradición apostólica de la Iglesia. Decimos que la Iglesia es apostólica (una, santa, católica y APOSTÓLICA) porque nuestra fe, la vida de la Iglesia y la autoridad que Cristo depositó sobre Ella se ha trasmitido de unos a otros. El Obispo de mi Diócesis fue ordenado por otro obispo con la imposición de las manos para que recibiera el Espíritu Santo, éste a su vez fue ordenado por otro obispo, éste por otro, y así ininterrumpidamente hasta remontarnos a los Apóstoles, que fueron ordenados por Cristo. En fin, mucho más hay para hablar sobre esto, pero aquí lo dejo.
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"Por sus heridas hemos sido curados" (Isaías 53,5)