El resplandor del castillo
“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé”
(San Agustín)
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Como todos sabéis, en mi pueblo natal se encuentra el famoso Castillo de Hielo, una de las más apreciadas maravillas del mundo, y sin duda la más misteriosa. Los lugareños hemos convivido desde pequeñitos con el misterio, aceptándolo con total naturalidad. Este castillo etéreo, hermosísimo, cuya presencia nadie ha podido explicar, es para nosotros algo tan natural como nuestra propia casa.
Recuerdo que, ya durante mi infancia, entre los numerosos viajeros que se acercaban a admirar el castillo, no faltaban quienes se quejaban violentamente de haber sido engañados, y pregonaban a los cuatro vientos que estábamos todos majaretas, o bien se reían comentando lo listos que éramos los del pueblo por aprovecharnos de la estupidez humana. Yo no entendía por qué ocurría eso, y creía que estas personas, que entonces eran escasas, debían padecer algún tipo de alucinación, tal vez provocada por la altura, o porque, como habían vivido siempre en la capital, los aires serranos afectaban a su cerebro.
Pero, con el paso de los años y con el aumento del número de turistas descontentos, llegué a interesarme realmente por ese tema. Una tarde, sentado en uno de los bancos que circundan la plaza del castillo, mientras admiraba su transparente torreón del ala Este, me percaté de un hombre de mediana edad que, sentado en un banco adyacente, parecía imitar mis movimientos y mirar donde yo miraba. Intrigado, intenté entablar conversación con él:
- ¿Es precioso, verdad?
- Pues... ¡no sé que decirte! –respondió con una mueca.
Como empecé a adivinar lo que ocurría, insistí, con ánimo de indagar en su actitud:
- ¿Ha visto este torreón por el otro lado? Es impresionante.
- Pues no, la verdad es que no veo nada. Ni por ese lado ni por éste. No entiendo nada.
- ¿Que no puede verlo? –inquirí, mostrando sorpresa. Entonces, ¿qué ve usted aquí?
- Pues veo lo que hay: una plaza, vacía, de un pueblo; polvo y gente que viene por aquí a no sé qué.
- ¡Qué pena! Entonces, ¿no ve usted el castillo? ¿Y qué hace usted aquí?
Me miró de arriba abajo, como tratando de escudriñar si podía confiar en mí. No debí caerle del todo mal, porque me respondió:
- Pues verás... He venido aquí de vacaciones, estoy harto de la ciudad y de sus ajetreos, he roto con mi última novia, y estoy aprovechando para relajarme y para tratar de comprender a los que sí veis algo más que una plaza. Antes pensaba que fingíasis, pero al verte admirarlo día tras día, hora tras hora, me he dado cuenta de que lo ves de verdad, de que estás seguro de que está ahí.
- Claro que está ahí. Si no, ¿por qué iba a venir todo el mundo a verlo?
- Bueno, puede ser un reclamo publicitario, como el famoso monstruo del Lago Ness. Para atraer el turismo, ya sabes... Pero bueno, digo yo que entonces no tendría sentido que tú mismo pasaras aquí tanto tiempo.
Me acerqué a su banco, le pedí permiso y me senté, pues la conversación se prometía interesante. Yo quería comprenderle a él, y él tenía interés por comprenderme a mí. Pensé que debía mostrarme honesto y sincero, si queríamos llegar a algo; le pedí permiso para tutearle, y le dije:
- Pues tampoco puedes estar tan seguro de eso, de que si yo admiro el castillo durante horas es porque lo veo. A lo mejor, a mí me pagan para que haga como que lo admiro, para atraer al turismo.
- ¿Te pagan?
- No, claro que no.
- Pues me fío. No te conozco, pero creo que tú ves el castillo. Ahora, de ahí a que el castillo esté realmente ahí... perdona, pero veo que puedo hablarte con sinceridad, ¿no? No quiero ofenderte... quiero decir que una cosa es que alguien vea algo, y otra cosa es que realmente haya algo. Y perdona, de verdad, no quiero meterme contigo ni nada de eso, pero trata de comprenderme, ¡es que yo miro lo mismo que tú y no veo más que tierra!
- Ya entiendo. Tú piensas que este pueblo sería un soberano aburrimiento sin el castillo, y no te falta razón. Y crees que nosotros nos “fabricamos”, consciente o inconscientemente, el castillo, que nos permite salir de nuestro mortal aburrimiento. ¿No es eso?
- Sí, pero no me parece mal ni bien. Si yo fuera tú, a lo mejor haría lo mismo. A veces me gustaría tener algo así como este “castillo”; algo firme, seguro... algo hermoso ¿por qué no?... algo que poder contemplar tranquilamente, cuando me diera la gana; o por lo menos saber que está ahí, que cuando lo necesite podré ir a verlo. Si para vosotros es algo bueno y os hace felices, esa suerte tenéis.
- No creo que lo digas en serio –respondí. ¿A ti te gustaría pasarte la vida admirando, estudiando y hablando de un castillo que, en realidad, estuviese sólo en tu imaginación, por muy bonito que fuera? Para mí, por lo menos, eso sería un fracaso, vivir un falso sueño. Si el castillo no existiera, yo preferiría no verlo.
- Pues eso es lo que me pasa a mí: yo quiero verlo si de verdad está, pero no quiero caer en un engaño.
Esta última respuesta me gustó mucho, y como debía irme a comprar algunas provisiones para la cena, emplacé a Julián, que así se llamaba aquel hombre, a vernos de nuevo el día siguiente. Por la noche no paré de darle vueltas a su problema. Me parecía una actitud honesta, no falta de una cierta humildad, pero no acertaba a entender por qué una persona así, que parecía tan normal como yo, no podía ver el castillo. No cabía duda de que debía padecer alguna enfermedad, o había algún problema que se me escapaba. Al fin y al cabo, ¡sabemos tan poco de ese gran misterio! Tal vez alguien pudiera ayudarnos, pero... ¿cómo podía hacer entender a aquel hombre, mayor que yo, e incluso más sensato, que tal vez necesitara ayuda?
El día siguiente continuamos nuestra conversación. Cuando empezamos a tomar confianza, le dije así:
- He pensado en lo que me dijiste, acerca de que no querías engañarte. Me parece muy lógico... La verdad, lo que no comprendo es por qué no lo ves, es más, no comprendo que pensando así no lo veas ya. Tu mente no está cerrada, pareces estar sano... Pero a lo mejor no es así. Lo único que se me ocurre es que puedas tener algún defecto en la vista.
- Bueno, o yo tengo defecto de vista, o tú tienes exceso de imaginación, ¿no?
El condenado... ¡tenía razón! Pero claro, también hay sordos, y no pensamos que los oyentes lo seamos por un exceso de imaginación. ¿Por qué? Porque los que oímos, admiramos las mismas melodías, podemos compartir nuestras sensaciones auditivas, hablar de ellas... Tras cavilar unos segundos sobre esto, empecé a responderle:
- Pues mira, resulta que todos los que vemos, admiramos la misma hermosura. A unos les gusta más el ala Norte, a otros, la torre del homenaje, pero todos vemos lo mismo. Además, ahora estoy cayendo en que la belleza del castillo es la mejor prueba que tenemos. Aunque estuviéramos sólos y no pudiéramos compartirlo con nadie, su belleza tan sublime, y su perfección arquitectónica, estudiada por numerosos entendidos, es tal, que supone una prueba clara de que se trata de algo externo a nosotros mismos, una realidad objetiva.
- Te olvidas de que yo no veo esa belleza y perfección que tú dices.
- Es verdad. Pero, en fin, el caso es que todos nosotros admiramos lo mismo. En cambio, los que no lo veis, ¿qué tenéis en común?
- Que no vemos absolutamente nada -respondió. Entre nosotros sí que no hay diferencias.
- Di mejor que no puede haberlas, porque lo único que compartís es eso: la nada.
- O todo, según se mire.
Me pareció muy débil su última respuesta, pero no creí prudente seguir insistiendo en aquellas ideas. El día siguiente nos volvimos a encontrar, y continuamos hablando. Y así, un día tras otro. Al cabo de dos semanas me dijo que, por si fuera verdad que el castillo existía, quería indagar alguna posible explicación al hecho de que él no lo viera; que si era como yo creía, y el castillo existía, a él no le gustaría marcharse de nuevo a la ciudad sin haberlo visto. Pero también me confesó que le había dado muchas vueltas en su mente y no encontraba la forma de intentar averiguarlo. Le contesté que yo tampoco tenía la respuesta, pero que el doctor Ramírez, un viejo conocido de mi padre, que era médico y se había interesado por este tema, tal vez pudiera ayudarle.
Julián aceptó, y pedí cita al doctor. A la mañana siguiente nos encontramos con él en su consulta. Además de examinarle concienzudamente los ojos, le preguntó si, de niño, había viajado alguna vez a la montaña, a lo que Julián respondió que no. El viejo médico hizo ademán de comprender, y le aconsejó que continuara acudiendo a la explanada del castillo, pues –según nos explicó- la capacidad de ver la luz que proyecta se desarrolla, misteriosamente, al recibir en los ojos su resplandor, que es parecido al que proyecta la nieve virgen, aunque etéreo e inapreciable.
Julián salió contento y tomó buena nota de sus consejos. “Ahora –me dijo- si no lo veo, que no sea por no intentarlo”. Le encontré varias tardes sentado en el mismo banco frente al castillo, con los ojos abiertos como platos. Para mí, resultaba algo hermosamente dramático verle allí, con el gran pórtico barroco delante de sus narices y aquella mirada perdida en la lejanía. Cuando me veía llegar, parecía algo avergonzado de su actitud y disimulaba un poco, pero no me engañaba: tenía los ojos enrojecidos y llorosos de tanto abrirlos a la luz. Quizá no veía aún el castillo, pero ya lo amaba. El castillo le había seducido.
Como no podía ser de otra forma, presencié su maravillosa recuperación: una mañana temprano, desesperado de sí mismo pero lleno de confianza en su amado castillo, llegó, solo, ante él, tapándose los ojos con las manos y gritó: “¡Aquí está!”. Acto seguido retiró las manos y el castillo apareció ante sus ojos. Pasó horas contemplándolo, admirando sus más preciosos detalles. Anochecía ya, y aquel hombre seguía allí, mirando ávidamente, como un niño, para no perderse ni el último destello. Tanto le impresionó, y tanta alegría le dio esta curación suya que, a la mañana siguiente, me llamó con la intención de que le acompañara a los periódicos de la capital, para que compartiera con él la satisfacción de explicar a todos que el castillo está allí, y que los que no lo ven pueden curarse. Decía que todos debían saberlo, que él no podía callarse una cosa así.
No pude convencerle de que no lo hiciera, y en el diario más importante de la capital le dijeron que era una historia preciosa, pero que no les interesaría a sus lectores. Así, uno tras otro, visitó todos los diarios. Sólo en uno accedieron a publicar la noticia, y le hicieron una entrevista que publicaron en las páginas posteriores, sacando las cosas de contexto y presentándole como un lunático. Pero él no se dio por vencido, y siguió acudiendo al castillo, para ayudar a los que llegaran allí y no pudieran verlo.
Pronto, pudo darse cuenta de que tampoco esto era tarea fácil. Su primera potencial discípula le dijo que aquella era la forma más ridícula de intentar ligar que había conocido, y le dejó plantado al lado del mayor torreón del castillo, con dos palmos de narices. El segundo, le dijo que continuara admirando su precioso castillo, pero que él, por su parte, seguiría prefiriendo y soportando la cruda realidad. El tercero, pasó días y días preguntándole acerca de los detalles arquitectónicos, admirándose y regocijándose con él cuando se emocionaba al hablarle de ellos. Pero no pasó nunca de decir que todo eso era muy hermoso y que, puesto que a él le hacía tan feliz, no debía dejar nunca de admiralo, que incluso podría escribir un libro sobre sus impresiones.
Con el tiempo y mucha constancia, sin embargo, no todo fueron fracasos. Consiguió dar con algunos corazones inquietos que se dejaron enseñar, y pudo cumplir su anhelo: mostrar a los demás la luz que él pudo ver aquella tarde, hace ya muchos años.
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Longinos
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